20 Junio, 2017

Más exigentes en calidad, más exigentes en medioambiente

No sé si estáis de acuerdo conmigo, pero la crisis nos está convirtiendo en personas más exigentes en todos los sentidos y mucho más concienciadas con nuestro entorno, queremos cuidar nuestro planeta y rechazamos prácticas como el escándalo de la emisión de gases de Volkswagen. Sin ir más lejos, ya no nos vale el desfalco de los políticos porque el dinero del Estado pensábamos que no es de nadie, ahora somos conscientes de que el Estado es de todos los que aportamos algo con nuestros impuestos y no queremos que nadie nos robe. Asimismo, buscamos siempre los mejores precios también. Ahora nos decantamos por la compra online para ahorrarnos intermediarios y no regalar nada del dinero que en plena crisis nos cuesta tanto ganar. Yo misma estoy amueblando la casa gracias a una tienda online donde venden piezas de calidad a pesar de que no sea del todo económica porque lo que busco es seguridad, durabilidad y eficiencia. La tienda se llama Dismobel, grandes fabricantes y grandes diseños. Y es que, cuánto más exigentes somos, mayores beneficios obtenemos, en todos los sentidos.

Me recomendó una amiga que visitase esta página y la verdad es que estoy encantada, ya que tienen un amplio catálogo con las últimas tendencias en muebles y decoración con lo que logran que tu hogar tenga un estilo y una personalidad propia. Además, han sabido adaptarse a los nuevos tiempos, pero productos están más que avalados por una experiencia que está por encima del medio siglo de recorrido dentro del sector del hábitat, la distribución de muebles de las mejores marcas y la fabricación de los mismos a medida. Tienen los mejores precios en muebles de salón, dormitorios, sillas y mesas de comedor, habitaciones infantiles y juveniles y en toda su sección de productos de descanso. Y se comprometen a que si sus clientes encuentran el precio más bajo, ellos lo igualan y les regalan el 40 por ciento de la diferencia, así como un 10 por ciento de descuento en su próxima compra.

Y esto es lo que buscamos. Comprar calidad y que no nos engañen, como sí ocurrió con los coches salidos de la Volkswagen, como comentábamos más arriba. El corresponsal de Economía en Alemania para The New York Times, Jack Ewing, ha escrito un libro, El escándalo de Volkswagen, describiendo justo toda esta historia que os voy a contar resumida, desde el ascenso a la caída de este grupo, desde sus inicios durante los años del nazismo como el emblemático coche del pueblo (que es lo que significa su  nombre en alemán) hasta llegar a convertirse en una de las compañías de mayor prestigio a nivel mundial. Durante toda su historia fue sinónimo de calidad, fiabilidad, tecnología punta y presumió de ser respetuosa con el medio ambiente e impulsar la economía alemana.

A mediados de 2015, Volkswagen alcanzó su gran objetivo: superar a Toyota como el mayor fabricante de automóviles del mundo. Unos meses después, la Agencia de Protección Ambiental estadounidense desveló que la compañía alemana había instalado en once millones de coches un software que burlaba los mecanismos de pruebas de emisiones.

El origen

La historia se remonta a 2009, cuando los ingenieros de la empresa alemana se dieron cuenta de que el motor diésel que habían desarrollado con un alto coste para competir con los japoneses no respetaba la promesa de cumplir con los estándares de emisiones. Por tanto, tenían dos opciones: confesar el fracaso o cometer un delito. Y así es cómo se fraguó el engaño entre los directivos de la compañía que vieron evaporarse los objetivos de ventas que se habían fijado, y con ellos, también sus primas.

Según Ewing, muchos  desarrolladores  de  motores  lamentaban  entre  sí  la  normativa  de  calidad  del  aire que, según su punto de vista, se estaba volviendo imposible de cumplir. Se presionaba a las empresas  de  coches  para  que  redujeran  las  emisiones de  dióxido  de  carbono  para  ayudar  a disminuir  el  calentamiento  global.  Según  los  ingenieros  alemanes, los  motores  diésel,  con  una combustión eficaz, eran una forma prometedora de luchar contra el cambio climático; y, sin embargo,  la  normativa  también  obligaba  a  los  fabricantes  de  automóviles  a  seguir  reduciendo  el subproducto  más  problemático  del  diésel:  los  óxidos  de  nitrógeno. Los  dos  objetivos,  menos dióxido  de  carbono  y  menos  óxidos  de  nitrógeno,  entraban  en  conflicto  y  ambos  eran difíciles  de  compaginar  con  las  demandas  del  mercado. Los  clientes  querían  coches  que fueran  divertidos  de  conducir  y  a  pocos  les  importaba  el  tipo  de  sistema  de  emisiones  que tuvieran.

Así, entre  2009  y  2015  la  compañía  había  vendido  11  millones  de  coches  con  software diseñado para  engañar  a  la  policía  de  las  emisiones.  Eso  incluía  casi  600.000  coches  en Estados Unidos, 2,8 millones en Alemania y 1,2 millones en Reino Unido. Era el equivalente, en el mundo de la automoción, de Enron, la empresa energética tiempo atrás admirada que fracasó en 2001. Si  en  ese  momento  Volkswagen  hubiera  sido  honesta  y  hubiera  admitido  que  sus vehículos   diésel   de   Estados   Unidos   estaban   programados   para   saltarse   la   normativa   de emisiones, el  daño  a  la  reputación  y  la  economía  de  la  empresa  tal vez  hubiera  sido  grave, pero  no  de  una  manera  tan  devastadora  como  al  final  resultó  ser. Según  otros  casos similares, Volkswagen habría tenido que pagar una multa de cientos de millones de dólares, o tal vez  solo  de  decenas  de  millones.  Se  habría  llegado a  un  acuerdo  con  la  EPA  para  llamar  a revisión  a  todos  los  coches  y  hacer  que  cumplieran  lo  más  posible  la  normativa  de  aire  limpio, quizá  sin  admitir  de  forma  explícita  el  fraude.  El  público  general  no  habría  sabido  nada  del problema hasta que se anunciasen el acuerdo y la llamada a revisión, como suele ocurrir en estos  casos.  Tras  unos  días  de  mala  prensa,  es  probable  que  los  medios  de  comunicación hubieran seguido adelante.

En  comparación  con  los  escándalos  de  la  banca,  que  a  veces  generaban  unas  primas  de decenas de millones de dólares o euros para sus responsables, el beneficio adicional generado por  el  fraude  de  las  emisiones  no  fue  a  parar  a  ninguna  de  las  personas  directamente responsables.  Estaba  motivado  por  algo  más  que  por  el  dinero.  El  misterio  era  por  qué  las personas  responsables  estaban  dispuestas  a  correr  un  riesgo  tan  enorme  por  una  ganancia  tan ínfima. En  el  fondo, según cuenta este periodista, la  responsabilidad  del  escándalo  y  de  la  respuesta  de  Volkswagen  es  de  los accionistas  mayoritarios,  las  familias  Porsche y  Piëch,  quienes  poseen  la  mayoría  de  las acciones   con   derecho   a   voto   y   pueden   controlar   la   reunión   anual,   si   bien   solo   con   el consentimiento del estado de Baja Sajonia.

A raíz del amaño, los consumidores, ahora más responsables, se indignaron, los inversores entraron en pánico, la imagen de la marca quedó dañada para siempre y la empresa, avergonzada, se enfrentó a la bancarrota. A principios de 2017, Volkswagen acordó con las entidades reguladoras de Estados Unidos y con los propietarios de los vehículos una indemnización millonaria. Aunque todavía está por ver el alcance final del engaño.